Amor fraternal





Siempre he tenido envidia de mi hermana. Es perfecta. Una mujer de 35 años, alta, de cuerpo escultural, ojos azules, cabellos rubios. Tiene una familia adorable, dos niños igual a ella. Un esposo perfecto. También su trabajo es de ensueño, es psicóloga, o sea, el segundo mejor trabajo para ayudar a las personas, después de la medicina, carrera que escogió y termino, pero decidió ejercer la psicología, ¿no es perfecto?
La espero como todos los días. La veo despedirse de sus pacientes. Hannah las dejó desahogar sus sentimientos, mientras lloran y la abrazan a la vez que le agradecen.
Llegamos a su casa, prepara la cena para su familia perfecta. Siempre le digo que su vida es increíble, y ella siempre contesta: “La envidia es una declaración de inferioridad”.
Odio cuando se pone en plan psicóloga conmigo. No necesito esto de ella. Lo único en lo que somos iguales, es en nuestro físico, somos gemelas, incluso es mayor que yo, por medio minuto, pero igual, es odioso cuando me dice que soy la hermana menor.
Estoy haciendo la ensalada mientras escucho por 50 vez sus consejos, sus palabras sobre qué debería hacer algo con mi vida, ser más como ella.
Me viro con el cuchillo en la mano y se lo encajo en el estómago. En el suelo la veo desangrarse y pedir ayuda. Es la primera vez que la escucho pedirme algo.
Mi alivio se convertía en una absoluta sensación de triunfo.
Finalmente soy mejor que ella en algo, yo estoy viva.



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