Pérdida






Arrodillada junto a su tumba, lloró desconsoladamente. Han pasado dos años desde que lo perdí y aún hoy no sé cómo vivir sin él, sin su sonrisa, su voz, su serenidad. Miro al cielo con lágrimas desbordando mis ojos. Grito, llamando la atención de las personas que visitaban a sus familiares. Quizás piensan que estoy loca, de verdad creo que es así. Loca sin él. Ruego al cielo que me lo regrese, que no resisto la soledad, llegar la noche y no sentir su abrazo. Una claridad inunda mi persona. Una voz me llama y miro nuevamente al cielo. Veo una figura descender por el halo de luz, es él, mi amado Carlos. Viene por mí. Finalmente.
Mientras cambio las flores marchitas de la tumba de mi hermano Guillermo. Un grito desgarrador me hace levantar la mirada. Una mujer llora y mira hacia las alturas del cielo. Oigo sus lamentos, sus peticiones. Pobre alma desesperada. Entiendo su sentir, en los últimos diez años he perdido a demasiadas personas queridas. Sé cómo se siente, cuánto debe desear morir, dejar de cargar todo el dolor que le oprime el corazón, en verdad lo sé. Una luz ilumina el espacio donde está tirada la joven. Escucho una voz masculina, miro alrededor, pero no descubro la procedencia. Vuelvo la vista a la mujer que observa boquiabierta el amplio azul del reino celestial. No puedo creerlo, un hombre desciende vestido de un blanco enceguecedor. Es un milagro, alguien ha escuchado sus plegarias y por fin estará en paz. Espero.


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