Complacencia




Todos los días son iguales. Me levanto, pongo la cafetera, preparo el desayuno. Despierto a mi marido para después servirle. Se va sin un beso, una despedida, un Te quiero, un gracias. El transcurso del día es monótono, sin sentido. Estoy cansada, pero soy cobarde, nunca me quejo, no intento salvarme de mí misma, de él; que no me ve, que no me aprecia. Por la noche, regresa, le dejo el agua caliente en el baño, la toalla y su ropa. La cena está lista siempre a su hora, como es de esperar. Le odio, no solo a él, a mí, a todo. Se sienta en la mesa donde el plato servido lo espera. Luego del primer bocado se ahoga, se va quedando sin aire. Intenta hablar, imagino que para pedirme ayuda, y por primera vez decido no hacer nada por él, ser lo fuerte que nunca he podido, por temor. Y le veo luchando por respirar, por sobrevivir, mientras yo, intacta en mi asiento lo observo, -justo como toda su vida lo hizo él-, ahogarse y morir.



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